No para mí
Nieves Ruiz

Nieves Ruiz no existe. Mis padres me bautizaron un frío día de enero con ese nombre. Crecí imitando sus movimientos, riendo como ella, llorando como ella, sintiendo lo que ella, pero no era ella. Nieves tenía un propósito en la vida que para nada encajaba con el mío de haberlo tenido. Me movía a través de sus impulsos. Al principio, me pareció cómodo hasta que un día en el que íbamos a hacer un recado nos topamos con una señora de pelo blanco y chal rojo muy bajita y un poco encorvada que caminaba con paso lento, arrastrando un carro de la compra. Yo aguardaba paciente detrás, al ritmo de sus cortos pasos. Nieves se encabritó y me increpó para que adelantara a la vieja. Lo hice. Y, mientras me colocaba delante de la anciana, airosa, rápida y ágil (joven), una certeza recorrió mi torrente sanguíneo. Bajo mi piel palpitó la advertencia: ella había tomado el control. Cuando volvimos a casa, me encerré en mi cuarto llorando de lucidez y de impotencia. Sentía rabia. Ella me observó orgullosa desde una esquina de mi cama y rió satisfecha por su victoria. Malvada.

Secretamente, planeé una venganza, totalmente decidida a recuperar mi lugar. Comencé por arruinar sus aires de grandeza. Me negué a seguir estudiando, dejé el instituto y saqué el título de peluquería. Pensé que eso bastaría para sofocar sus deseos de convertirse en una intelectual, una eminencia en el mundo de las letras. Todavía no sé cómo la convencí. Supongo que, en el fondo, las dos estábamos de acuerdo en una cosa: ansiábamos la independencia, la autonomía, la emancipación. ¡Ah! Qué bonitas palabras. Pero la libertad individual no era gratis y las promesas que le hice de un porvenir brillante cayeron en saco roto. Por supuesto, no me importó.

Como era de esperar, la vida de peluquera no trajo grandes proezas: sueldo ínfimo, alquiler, gastos, ruptura sentimental… De acuerdo, eso último no es un aspecto económico, pero fue una circunstancia que nos cambió el rumbo… a las dos. Nos quedamos tan descolocadas con aquella situación que le permití escribir una novela. Era una novela muy mala, pero no quise desilusionarla. Se editó y se vendió muy bien a nivel local, todo hay que decirlo. Eso le subió la pluma a la cabeza y me propuso ir a Madrid, allí sí conseguiríamos grandes cosas. No conseguimos nada. Los días se consumían peinando y lavando cabezas, los ratos libres se pasaban patinando en el Retiro y en las discotecas. Por aquella época, la convencí de que lo más importante era mantenerse en la talla treinta y seis y ligar los sábados por la noche. Apenas escribíamos tres líneas seguidas útiles. Mi venganza estaba funcionando. Era feliz… o eso creía.

Me cansé de aquello. Además, Nieves cada día estaba más afligida, lloraba por las noches arrinconada en una esquina del cuarto. No me dejaba dormir. Hice que se acostara con chicos para distraerla, pero después del desengaño con aquel pelirrojo todo fue a peor y las noches se volvieron todavía más insoportables. Me conmoví. Consideré que mi castigo había ido demasiado lejos.

Una mañana, desayunando en el balcón de nuestro quinto piso madrileño sin ascensor, decidí que sería buena idea estudiar en la universidad y se lo dije. Nieves sonrió con lágrimas muy transparentes y gordas en los ojos. Dejamos Madrid. Hicimos la prueba de acceso y nos sacamos el grado con buen expediente. Ella estaba tan concentrada en absorber aquellos conocimientos que apenas reparaba en mí. Yo la observaba hacer, ensimismada, encendida, febril. Me reía. Cogió carrerilla, hizo dos másteres y ahora insiste con el doctorado. Bueno, que lo empiece.

Su objetivo de alcanzar la gloria intelectual es imposible. No le digo nada, para qué. Todos estos años luchando por vencer su voluntad y ahora descubro que haberle concedido sus deseos es lo que la ha mantenido centrada en su quimera olvidándose de mí. Así me deja en paz. Cómo no haberlo visto. Cuánto tiempo despilfarrado… No le digo nada, para qué. Ella es feliz. Yo… no lo sé, quiero verla fracasar. Sé que lo hará. Llega tarde a todo, noto su desazón al sentirse rezagada, desterrada al último puesto. Siempre hay alguien con mejores notas que ella, más leído, más correcto, más pelota… Los grandes temas de la humanidad ya están escritos, no queda más que repetir las viejas ideas y enredarlas en retorcidas poéticas que no hacen más que enmascarar la verdad, si es que hay una verdad. Además, no tiene talento. No la quiero desilusionar, para qué. Me callo y la observo hacer desde mi rincón. La veo quemarse los ojos delante del ordenador, devorar libros gordísimos, escribir artículos con la promesa de ser alguien en el mundo de la investigación. No llegará a nada. A nada. Lo sé con la misma convicción con la que late en mi torrente sanguíneo la certeza de que Nieves Ruiz no existe. No para mí. Salgo a la calle y paseo tranquila con el sol quemándome en la cara, mientras ella sigue encerrada, boba, delante del ordenador o de algún libro apolillado. Camino despacio al ritmo de los pasos cortos de una señora encorvada de pelo blanco. Me pongo a su lado, la miro y sonrío. Ella me devuelve la sonrisa, creo que va a decir algo, de hecho, mueve la boca, pero yo no la escucho. Estoy lejos, ida, disfrutando de la soledad por primera vez en años. Hincho el pecho al saber que mis padres aquel frío día de enero regaron la cabeza blanca de un chal vacío.

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