Fiestas en el pueblo
Mª de la Cruz Jaldo Antúnez

Un pueblo cualquiera del Sur. El atardecer rojo de un ardiente día de verano. A lo lejos, en la plaza, rumor de la algarabía de gente alegre y sirenas de los columpios, que se diluye en el eco de la orquesta, arrastrada por el aire fresco de la tarde recién despierta. Se inician las Fiestas de Santiago.

«¡Síh, see, see… eh, eh…! ¿Se me oye, se me oye bien?… Sih, sih, eh…»

―Llevan toda la tarde en la plaza, probando micrófonos, afinando instrumentos, para comenzar la Verbena. Y tú todavía arreglándote, Carmen. ¡Qué lenta eres, hija! Me parece oler desde aquí a palomitas, nubes de azúcar y pinchitos. Como viene el aire p’acá… ¡Umm, con lo que me gusta a mí comer, y el hambre que tengo!

―¡Qué nervios en el estómago, Paqui! ¡Por fin a las fiestas solas, sin carabinas!

―¡Vaya que sí! No sé ni retocarme los labios, con esta barra fucsia nueva. Se me ha salido la pintura por la comisura. ¡Parezco un payaso, ja,ja..! Como nunca me pinto… Oye, termina de decidirte con la ropa, por favor, que llevo esperándote una hora y estoy sudando ya.

―¡Ya voy! Es que no sé qué ponerme. Quiero estar muy guapa. Sergio me dijo que iría con unos pantalones morados de piel, pegados, y que nos encontraríamos luego, sobre las diez, en el pilarillo. Quiere sacarme a bailar la canción de Santa Lucía, de Miguel Ríos; se la pedirá al grupo, cuando empiecen con las lentas, como conoce al batería…

―Pero este grupo toca más rock and roll que otra cosa, Carmen. Siempre hacen lo mismo. Seguro que también tocan El muro. Odio cuando se ponen todos los tíos a hacer como que tocan una guitarra invisible al escuchar esa canción, con la cara encogía. Así que, las lentas las pondrán muy tarde y tu madre ha dicho que, como mucho, a la una tienes que estar de vuelta.

―¡No seas aguafiestas, tía! Seguro que ponen las lentas en algún intermedio, antes de esa hora. Es la segunda vez que bailaré con él: la primera vez fue en el cumpleaños de mi vecino Miguel, en la cochera de su casa. Cumplía quince, como nosotras. Bueno, tú no. A ti te faltan dos meses.

―Por pocas si ardemos. Yo no me quería mover, con la mano agarrada del Paco. Y el Pepe, se puso celoso, al ver como todos los niños bailaban con alguna del barrio y con él no quiso ni Dios, ¡ja,ja,ja…! Terminó dedicándose a pinchar música. No le quedó otra.

―!Ja,ja,ja! Sí, ¡qué tonto! Sabes, le dijo a Sergio ese día, que ¿qué tenía yo, para que tuviera tantas ganas de bailar conmigo, con lo delgada que soy, y además sin tetas?

―Es que él se cree muy listo, con su flequillo rubio. Va de sabelotodo por esos dos años más que nosotras que tiene. Nos trata como tontos. Es guapo, pero apenas me ha hablado desde que lo conozco y me mira como los «butes», con los ojos pegados a las cejas y la cabeza baja. !Ay, ya está sonando Tequila! Lo hacen bien los del grupo del Gregorio. ¡Me gustan mucho, se me van los pies! ¡Vamos a tocar un rock and roll a la plaza del pueblo…!».

―A mí también me pirran, Paqui. Bueno, ¿qué te parecen mis vaqueros Lee ajustados, con mi camiseta favorita del número 23, en grande? Estuve una tarde entera de tiendas con mi hermana para encontrar ese número. Se me metió en la cabeza y no quería otro. ¡Me encanta!

―Muy bien, Carmen, pero yo he venido a recogerte muy arreglada, como habíamos quedado, y ya no tengo ganas de subir la cuesta hasta mi casa para cambiarme de ropa.

―Estás muy guapa así. Con lo alta y lo morena que eres, te sienta todo bien. Y esas flores rojas y rosas del vestido son preciosas.

―¡No me hagas la pelotilla, Carmen, y vamos ya, que yo también quiero ver al Paco! Seguro que está por los coches de choque. Tenemos que ir. Me lo prometiste. Me va a dar una vuelta en la Suzuki de su hermano. Hoy va a pasar algo especial, lo presiento.

―¡Vale! Y así nos subimos con ellos. Aunque la última vez me dieron un pisotón en el empeine haciendo cola para entrar, que me hicieron polvo el pie. Todavía tengo la cicatriz del tacón de la chica esa.

―¡Venga, que ya vienen las otras por la calle a buscarnos, para irnos todas juntas, que también han tardado lo suyo. ¡Cuchi, la Lumi! ¡Asómate! ¡Se ha puesto unos tacones que va que no puede andar! ¡Me parto!

―¡Siií, ja, ja, ja, como yo!

―Me voy a pedir una Coca-Cola, con mucho hielo. Mi padre me ha dado 300 pesetas, ¿no te lo he dicho antes?

―¡Qué casualidad, a mí también, Paqui! Pero mi madre se ha empeñado en que cenara antes, que son muchas horas fuera, y yo por no oírla… Acabo de comer, con vaso de leche incluido. Se cree que me voy a América. Estoy para vomitar, te lo juro, entre la emoción y tanta comida, casi no me entran los pantalones tan repegados.

―!Ja, ja, ja! ¡Pero si eres un palo! ¡Allá vamos, qué ganas de bailar, Carmen. Me electrizan los Tequila y Miguel Ríos! Se me pone el vello de punta. Ya sabes cómo soy cuando bailo, que me olvido de todo y me transporto a las nubes. Aunque con este vestido no me siento muy rockera.

―El rock se lleva dentro, con la ropa que sea.

―Es verdad, tía. Yo, mientras no me duelan los pies con los zapatos nuevos, todo me da igual, Carmen. Ya están aquí las niñas.

―¡Pues allá vamos, a subirnos a la noria! ¡Qué bien lo vamos a pasar, Paqui!

***

A la mañana siguiente, en casa de Carmen, suena el teléfono.

―¿Diga?

―Hola, Carmela. ¿Está su hija Carmen despierta ya?

―Hola, Paqui. Sí, sí está, pero regular. ¿Qué comisteis anoche por ahí? Mira que quise que comiera fuerte antes, para que no le sentara mal ninguna porquería de la calle. Desde que llegó estuvo vomitando una hora. Echó toda la cena, y ahí está tirada en el sofá, adormilada.

―Nos bebimos unas coca-colas gigantes, nada más llegar a los columpios. Como nunca tomamos… Al rato empezó a sentirse mal de la barriga. Yo me tomé con las otras un bocadillo de morcilla, pero Carmen no comió nada. Se puso blanca. Decía que se le había cortado la leche que tomó en casa con la Coca-Cola, y ya no estuvo bien. Sólo bailó un poco en la verbena, sin ganas, hasta casi las diez, disimulando, pero en seguida quiso volver a su casa para ir al baño. Aguantó como pudo, por no dejarnos a nosotras, pero estaba claro que se encontraba muy mal, y tuvimos que acompañarla porque ya no llegaba. ¡Con la ilusión que le hacía!

―No le tenía que haber dicho que se tomara la leche antes de salir. Bueno, podéis ir hoy domingo otra vez, un rato, cuando se recupere.

―Yo no puedo, Carmela. Tengo que estudiar y mis padres no me dejan. Llevo mucho retraso. Además, que la Lumi y yo acompañamos a Carmen, pero luego nos volvimos a las fiestas y estuvimos bailando hasta las tres, y el lunes tengo clases de recuperación de Mates, que me han quedado para septiembre.

―Vaya, pues otra vez será. Le estoy lavando su camiseta favorita de la suerte con el número 23: se la manchó de vómito anoche. Pobre. En fin, que estudies mucho, Carmen.

―Sí, Carmela. Bueno, pues mejor le da recuerdos de mi parte y no la moleste, para que duerma un poco. Luego la llamaré de nuevo para contarle más detalles. Sólo dígale una cosa: que la echamos mucho de menos todos los amigos, en los coches de choque, sobre todo cuando le dedicaron por el micrófono, la canción de Santa Lucía, aunque no estuviera. Ella sabe a qué me refiero.

―Yo se lo diré, guapa. Seguro que se alegra mucho. Gracias por llamar.

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