El caso de las pieles robadas
María Alcázar

El comisario entró en su despacho todavía tarareando la misma canción que martilleaba su cabeza desde el desayuno: “Debajo de un botón, ton, ton, que encontró Martín, tin, tin, había un ratón, ton, ton…”. Al mismo tiempo que cerraba la puerta, agitó su cabeza como queriendo sacudir de su cerebro la tonadilla infantil que canturreaba en alto,  y que provocó la risa cómplice de los policías que le aguardaban allí. Desde hacía semanas el comisario estaba inmerso en un operativo policial para atrapar al Peluche, nombre en clave con el que habían bautizado al ladrón que les traía de cabeza al él y a su grupo de investigadores: tres policías, un detective y un psiquiatra, el doctor Martín.

            El Peluche llevaba cometidos más de una decena de robos en negocios de peletería de la ciudad. Así lo atestiguaban las fotografías colgadas en un tablón expositor junto al resto de pruebas del caso. En las impresiones fotográficas se observaban las persianas de acero de las tiendas forzadas, al igual que las cerraduras de seguridad, los percheros vacíos y los  maniquíes de los escaparates desnudos. Contemplando el elegante mobiliario de esas boutiques se evocaba el ambiente chic y acogedor que debían de tener con sus abrigos, colocados aquí y allá, hechos de piel de zorro de Canadá, de suaves tejidos de chinchillas o de sedosos pelajes de visón. La imaginación cedía pronto ante la visión de unos espacios ahora desvestidos y fríos, que se hacían más inquietantes debido a los botones arrancados de las prendas robadas y que, en todas las fotografías, aparecían colocados en el suelo formando siempre la misma frase:

TENGO FRÍO

            El comisario se sentó en su sillón y colocó sobre la mesa su guarda folios de piel. Su silencio impregnó de una respetuosa espera a su equipo, que conocía aquellos momentos de reflexión previos a una importante conclusión de su jefe. Dentro de la carpeta portaba el informe que el doctor Martín había elaborado con el perfil psicológico del Peluche. El comisario lo había estudiado durante toda la noche pues había intuido desde su primer atraco que no era un vulgar criminal, y el psiquiatra se lo había confirmado en su pericial. A continuación se levantó y se situó junto a un mapa de la ciudad pegado en el tablón junto a las fotografías; tomó un lápiz y fue uniendo con una línea las direcciones de las boutiques robadas, dando lugar así a un círculo dentro del cual quedaba el barrio del Mercado. “Según el informe, en este lugar se esconde un hombre que necesita de nuestra ayuda urgente” pensó. Finalmente,  se dirigió al resto del grupo y les expuso el diagnóstico del doctor Martín:

             “Síndrome del cachorro abandonado: esta es la causa de la insaciable necesidad de pieles de nuestro ladrón. Estamos ante un individuo privado del calor de su madre biológica a los pocos minutos de nacer, ya sea por la muerte de ella, el abandono, el robo del bebé, o cualquier otra causa que le impidió tener ese contacto primario. Además, durante su infancia ha sufrido una importante carencia afectiva. Como consecuencia de ambos factores sufre un trastorno que, entre otras consecuencias, le hace sentir frío de forma constante. Imagínense: un frío intenso que no consigue calmar con ninguna fuente de calor. Se describen conductas de los individuos afectados por este síndrome en las que buscan construir espacios donde cobijarse de ese frío que no pueden mitigar: habitaciones cubiertas de somieres de cunas, forradas de mantas, o de abrigos  de pieles donde aguardan que algún día entre su madre para darles calor. Podría decirse, si el doctor está de acuerdo conmigo, que el Peluche se ha construido una madriguera donde espera a su madre”.

            El doctor Martín asintió con un gesto rotundo; de modo que el comisario continúo con su exposición: “La implacable necesidad de pieles del Peluche nos indican que su estado patológico actual es muy grave, tanto que la frustración por la falta del calor materno puede llevarle al suicidio. Y nosotros debemos localizarlo antes de que él ponga fin a su vida”. Después de estas últimas palabras, el comisario y su equipo revisaron de nuevo todas las pruebas: además de su perfil psicológico contaban con la declaración de varios testigos que describían al ladrón como un hombre de unos treinta y cinco años, rubio, de un metro ochenta de estatura y con una cicatriz bajo su ojo derecho. Una vez terminaron de estudiar toda la información, acordaron las pesquisas que debían llevar a cabo, sin demora, para localizar la guarida del Peluche.

            No habían transcurrido ni dos horas cuando los policías y el detective dieron con una mujer que había sorprendido a su vecino del piso bajo B intentando quitarle un abrigo de pieles que tenía aireando en el patio común; lo describió como un hombre solitario, apuesto y, con una cicatriz en forma de lágrima bajo su ojo derecho. En pocos minutos el comisario y su equipo se encontraron frente a la puerta del piso donde habitaba el Peluche. Para sorpresa de todos, la puerta estaba abierta, aunque al doctor Martín no le extrañó: era de esperar si el ladrón quería que su madre entrara en su cobijo. Avanzaron por un largo pasillo iluminado con la luz que penetraba por las ventanas de las habitaciones, que se abrían a uno y a otro lado, todas vacías, y continuaron hasta la del fondo.

            El comisario fue el primero en entrar en esta última; la estancia estaba completamente forrada de pieles de los más diversos animales. Allí, entre los abrigos objeto del botín de sus robos, encontró escondido al Peluche. Se acercó con calma hasta él y le dirigió unas palabras de saludo para saber cómo se encontraba. El hombre gruñó en respuesta a aquella invasión inesperada y enseñó los dientes. El comisario sabía que no era peligroso, pero ralentizó sus gestos para no sobresaltarlo, al mismo tiempo que adelantó su mano para pedirle que le siguiera. El hombre, asustado, se resistía a moverse, y de repente al comisario le llegó una idea: comenzó a cantar con ternura casi maternal la tonadilla infantil con la que se había despertado aquella mañana. Gracias a ella, el hombre se tranquilizó, de modo que para cuando el comisario cantaba “ay que chiquitín, tin, tin, era aquel ratón, ton, ton…” el ladrón se dejó abrazar. Cuando la luz de la tarde caía sobre la ciudad, el Peluche salía de su madriguera envuelto en uno de los abrigos sin botones y cobijado bajo los brazos del comisario, quien le procuraría la ayuda necesaria para que dejara de sentir frío.

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