En el espejo: la escritura de lo personal
Cristina Gálvez

Si hay algo de lo que disponemos, y disponemos en abundancia, a la hora de escribir, es de nuestra experiencia. Obviamente, escribir desde la propia experiencia es solo una de las propuestas desde las que acercarse a la escritura, y tal vez no la más fácil. La máxima “escribe sobre lo que conoces” nos juega a menudo malas pasadas. Porque, la mayoría de las veces, no tenemos ni idea de qué es eso que creemos conocer (y si lo tenemos claro, hay que echarse a temblar). El reto de quien se adentra en la escritura (sea autobiográfica o no) es mirar con ojos nuevos aquello sobre lo que pesa la pátina de lo preconcebido. Y romper en pedazos la propia experiencia para reconstruirla de manera distinta no es tarea sencilla.

A menudo, nuestra experiencia nos parece un territorio pobre, incomprensible o, en el mejor de los casos, tabú. Como dice Philippe Lopate, o creemos no tener nada interesante sobre lo que escribir, o creemos que lo que nos ocurre íntimamente es tan diferente a lo que experimenta el resto de la humanidad que los demás no serán capaces de entendernos. Ambos posicionamientos se suavizan a medida que nuestra mirada sobre el mundo se amplía. Entonces, nos damos cuenta de que toda vida, por sencilla que sea, esconde una riqueza de matices capaz de resonar más allá de sí misma. Y de que toda experiencia, por anormal que nos parezca, es compartida por muchos más congéneres de los que nos imaginábamos. Escribir desde lo personal obra ese tipo de pequeños milagros: alguien muestra la propia vulnerabilidad (o enfado, o amargura, o soledad, o desilusión infantil) y una marea de manos alzadas florece de pronto para decir “yo también”.

Escribir en clave autobiográfica es más un proceso que un resultado. En primer lugar, nos permite conectar con la propia voz a través de la emoción que nos provoca lo narrado (y siempre es más fácil conectar con esa emoción a partir de lo que pasa por nuestro cuerpo y anida en nuestra memoria). En segundo, nos sirve de campo de ensayos en el que ir descubriendo estilos y posibilidades narrativas. El diario personal, por ejemplo, es una de las herramientas más usadas por grandes autores como Gombrowicz, Woolf, Kafka, Mansfield, Cheever… El propio Stendhal lo recomendaba como método de entrenamiento. Por último, la escritura autobiográfica nos ayuda a indagar en quiénes somos y a saber qué tenemos para contarle al mundo. Porque, en última instancia, si escribimos es porque sentimos el impulso de decir una verdad que es solo nuestra y que espera agazapada a que le demos luz.

La escritura autobiográfica tiene muchos matices: desde las memorias hasta el ensayo personal; desde el diario hasta la autoficción; desde lo más liviano hasta lo más profundo. No se trata de volcar sobre el papel los trapos sucios de nuestra familia ni nuestros secretos más oscuros. Se trata más bien de ir rescatando momentos de nuestra existencia con la voluntad de indagar sobre ellos con la mayor honestidad posible. Si algo tienen en común autores tan dispares como Manuel Vilas, Natalia Ginzburg, Vivian Gornick, Violette Leluc o Jeanette Winterson, es la voluntad de comprender sus relaciones familiares, sus infancias, los hechos fundamentales de su vida. Dice Gornick que lo que engancha a quien lee un texto autobiográfico no son los hechos que se narran, sino el compromiso del autor/a por descifrar la verdad que esos hechos esconden.

A veces, esa honestidad necesita que nos ocultemos, que desviemos la atención de nuestra persona para no abrumarnos con los focos del yo; hasta puede ser que tengamos que mentir descaradamente. Puede ser que la escritura autobiográfica nos lleve irremediablemente a la ficción. No importa. Como dije, se trata de un camino, no de un formato cerrado. De una aventura y un experimento con nuestras múltiples máscaras. También, de un acto generosidad hacia nosotras/os mismas/os y hacia el resto del mundo.

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