Penterafobia
Ada Sillero

Aquí te ofrecemos las primeras páginas de Penterafobia, de Ada Sillero, que ha cursado nuestro taller de novela. Puedes encontrar su novela en este enlace.

Mira la esencia,
no la apariencia

HOY

Viernes, 21 de febrero de 2020

Una ráfaga de aire frío me obliga a subirme el cuello del chaquetón. El viento gélido y cortante juega con las crujientes hojas caídas de la hilera de chopos que me marcan el camino dentro del cementerio.

Tengo la tonta costumbre de según paso por las tumbas, leer las lápidas calculando con qué edad fallecieron los que las ocupan o cuanto tiempo llevan enterrados, lo que hace que me resulte imposible evitar el pensar en el deterioro físico de cada uno de los que reposan eternamente en su cómodo ataúd. No es que sepa si un ataúd es cómodo o no y puedo asegurar que no tengo ninguna prisa en averiguarlo, lo hago solo para adornar un poco la imagen que se dibuja en mi cabeza. 

Me detengo ante la tumba que he ido a visitar. Ayer estuve en este mismo lugar, pero por circunstancias muy distintas y con sentimientos opuestos a los de hoy. Siendo fiel a mi costumbre, leo en la lápida:

Josefina de la Rosa Roja

20 de febrero de 2020

«Toda la vida jodiéndome y cuando conseguimos llegar a un entendimiento, te vas», reprocho a quien ocupa el nicho.  «Así es la vida», imagino que podría ella contestarme en caso de estar a mi lado. «¿La vida?», bromeo con su imagen en mi cabeza. «Bueno… ya me entiendes. Que tiquismiquis has sido siempre», estoy convencida me contestaría.

Imito con burla su gesto de reproche lo que me provoca una risotada interior.

―Ya ha llegado el momento de la despedida -le hablo imaginando que puede oírme-. No sé de verdad que decir. Lamento no haberte dado la opción para que nos hubiésemos conocido en otras circunstancias. Siento que ya es demasiado tarde y eso me hace sentir fatal. Todo ha sucedido tan rápido. En tan solo veinticuatro horas todo ha cambiado tanto…

AYER

Jueves, 20 de febrero de 2020.

00:02 horas.

¡Penterafobia!, me espetó el psiquiatra sentado al otro lado de la mesa de su consulta.

A primera hora de la tarde tuve que acudir a urgencias con un fuerte dolor en el pecho.  Tras un largo triaje clínico y después de hacerme una serie de pruebas, el diagnostico fue claro; «Ataque de ansiedad», por lo que el doctor me remitió al psiquiatra para averiguar la raíz del problema que me provocó el ataque de pánico con el que acudí al hospital. 

En aquellos momentos, sentada frente al doctor que me daba su diagnosis y sin comprender absolutamente nada, le miré perpleja y balbuceé intentando repetir la palabra que él había dicho.

―Pente… ¿qué? -pregunté con los ojos muy abiertos.

―¡Pen-te-ra-fo-bi-a! -recalcó silábicamente, lo que me hizo sentir como una imbécil-. La penterafobia es el miedo irracional y la aversión a las suegras. Aunque pueda parecer una broma, debido a los chascarrillos que se han creado siempre en torno a la figura de la suegra, lo cierto es que es totalmente real y son muchas las personas que de alguna manera u otra tienen que convivir con el miedo constante de un familiar tan cercano. Los síntomas que usted presenta; nauseas, respiración acelerada, sequedad de boca, incomodidad, ataques de pánico y ansiedad por el simple hecho de pensar que tiene que pasar tiempo en compañía de su suegra e incluso llegar a sentir miedo de tener que enfrentarse a la convivencia diaria, lo dejan bastante claro, usted sufre, Penterafobia.

―Que no aguanto a mi suegra es un hecho que no puedo negar. Llevo viviendo con ella más de seis años y puedo asegurarle que es tiempo más que suficiente para que pasen por todo tipo de fechorías, pero la bronca de hoy ha sido por una tontería comparada con las peloteras de otras ocasiones.

―Exactamente. Usted ha ido interiorizando cada acción de su suegra que le producía dolor, no lo ha hablado, no se lo ha dicho abiertamente, pero todo tiene un límite, y como se suele decir, «esa gota que colma el vaso», no suele ser por un problema realmente grande, sino porque estamos ya tan saturados de todo lo que hemos tragado que, por lo más nimio, estallamos. Al ser una fobia tan peculiar es difícil determinar cuáles son las causas que pueden desarrollar este miedo irracional. De manera general, se cree que las fobias surgen a raíz de eventos traumáticos en la infancia. Algo que se tiene que descartar porque es raro que ningún infante tenga suegra a edades tan tempranas. En todo caso puede ser por la mala experiencia de uno de sus progenitores con su suegra, que es a su vez su abuela, lo que se denomina como «Condicionamiento familiar», pero este no es el caso, ¿no?

―Esto…

―¿Sí?

―¡No, nada! Que no es mi caso. ¿Y qué hago?

―Lo primero que debe plantearse es cambiar de domicilio. Si continúa viviendo con ella el problema seguirá, es más, según pase el tiempo irá empeorando. ¿Por qué continúan viviendo todos juntos? Me cuesta comprenderlo.

―Es cierto que pueda resultar extraño y le aseguro que lo hice por obligación.

―¿Por obligación o por imposición?

―Bueno… se podría decir que sí, o no, no sé. Yo llevaba tres años separada cuando conocí a Beltrán; un hombre maduro, soltero y respetuoso que en poco tiempo se ganó mi confianza. Si soy sincera reconozco que no me enamoró, pero sí ilusionó. Mantuvimos la relación durante un tiempo, un noviazgo a la antigua usanza; salir a cenar la noche del sábado, al teatro, un café la tarde del domingo. Como iba todo bien decidimos que era el momento de que se viniese a vivir a casa porque él vivía con sus padres a pesar de que los cuarenta ya no los cumplía. Siempre había sido lo que se conoce como un “madrero”. La convivencia duró poco más de un mes, decía echaba de menos a su madre y para colmo en ese tiempo falleció su padre lo que fue el detonante para querer volver con su «amada mamá», como él la llama. En un principio me propuso que pasásemos las fiestas con ella por aquello de que iban a ser las primeras navidades sin su marido y pasado ese tiempo nos volveríamos a casa, pero se fue alargando el tiempo y han pasado seis años y estamos en el mismo sitio.

―Y su marido ¿continúa tan pegado a su madre?

―Como Terelu a la Campos. La convivencia es realmente un infierno; ambiente incómodo provocado por peleas diarias, burlas de mal gusto en momentos poco oportunos o bromas pesadas y fuera de tono. Llevo ya tanto tiempo aguantando esa situación, que aún sin querer continuar me cuesta abandonar y no llego a comprender el por qué lo hago. 

―Es evidente que tiene que trabajar en ello. Por eso mismo, le aconsejo la “Programación Neuroligüística”; se basa en terapias de desarrollo personal y psicoterapia que se aplican para modificar las conductas o habilidades de la persona que sufre la fobia. Para aplicarlas es necesario llegar a la raíz el problema. Con ello se podrán remodelar los pensamientos y modificar las nociones preconcebidas acerca de la suegra.

―Ese es el problema, que no sé de dónde puede venir el problema —mentí como una bellaca.

―Sea positiva, prepárese para combatir el miedo sin esconder lo que siente. Rodéese de los suyos, evitando a su suegra, por supuesto. Asista a terapias de grupo donde conocerá a personas con el mismo problema que usted. Mire la evidencia y entienda que su miedo no es para tanto. El miedo huye cuando más se le persigue. El primer día lo pasará mal, pero poco a poco podrá vencer aquello que le atormenta. Prémiese cuando consiga algún avance, dese un capricho o tómese un descanso para sí misma. Piénselo. Medite. Y cuando lo tenga decidido vuelva a verme. Y ahora si me disculpa, tengo otro paciente esperando.

―¡Ah! Sí. Perdone. Ya pediré hora para el tratamiento. Gracias, por todo.

El doctor me despidió con una mueca que interpreté como sonrisa.

Al salir de la consulta, en la sala de espera me crucé con decenas de pacientes (y nunca mejor dicho), que esperaban ser llamados para que facultativos se ocupasen de su dolencia. Pasé ante ellos sintiéndome afortunada por poder salir de allí, completamente convencida de que no voy a acudir a las terapias que el doctor me ha aconsejado.

Salí a la calle y el bofetón de aire frío me sentó genial para despejar algo mi mente. Me lo tomé como si hasta la naturaleza me estuviese dando un “zasca” para que espabilase ya de una vez por todas.

Un paso antes de salir del hall me detuve en seco. Necesitaba unos segundos para dar un respiro a mi mente de todo lo que había ocurrido en la consulta, antes de volver a enfrentarme a la realidad de mi cotidianidad. Siempre he sido bastante reticente a la hora de compartir mi vida, mis miedos, mis problemas con un profesional, que no dudo pueda resultar fundamental para descargar mentes e incluso fortalecerlas, pero soy bastante introvertida en ese aspecto por lo que necesitaba esa bocanada de aire frío porque el hablar con el doctor me había removido fantasmas pasados que ya creía olvidados. Aquel hecho que marcó mi vida, no había sido capaz de contárselo ni al psiquiatra ni a nadie, unas veces por guardar las apariencias, otras por dignidad y otras por no manchar la memoria de nadie, pero de lo que sí estoy segura es que nunca lo había contado por la vergüenza que siento.

«¿Por qué no se lo has contado?», quiso saber Popelín, una vocecita que vive dentro de mi cabeza que habla e interviene en mi vida cuando le viene en gana, sacándome la mayoría de las veces de quicio. «No has tenido valor, ¡eh! Te has hecho caquita», se mofó de mí.

Sin hacer caso a su comentario respiré hondo, me recoloqué el abrigo y como la artista que está a punto de salir al escenario donde cientos de fans esperan su actuación, di ese paso fuera del portal, con la extraña sensación de que mi vida iba a ser distinta a partir de ese momento.  Por un instante observé a los viandantes que caminaban metidos en su mundo sin percatarse de mi presencia. «¡Je! ¡Je! ¿quién te crees? Isa Pí», comentó mi vocecita. «¡Aj! ¡Déjame en paz!» contesté dando por zanjada la conversación interior.

 Había sido el cumpleaños de mi suegra y como es costumbre se organizaba en casa una fiesta a la que acuden sus rancias amigas y familiares más cercanos. Mi marido se encarga de que no falte detalle. La misma costumbre de que yo prepare mi tarta de frambuesa y kiwi. Cada cumpleaños, Beltrán me pide que la cocine por ser la favorita de su mamá. Lo hago por compromiso. En alguna ocasión Popelín me ha sugerido que puedo añadirle canela sabiendo que Fina es alérgica, sería un modo de librarme de ella, pero no quiero tener la culpa mordiéndome la conciencia hasta la eternidad por ello. Mentiría si no digo que he pensado e incluso deseado en alguna que otra ocasión que fuese a darle un recado a San Pedro, pero pagarle yo el viaje, me parece excesivo, al menos por el momento, aunque nunca se sabe lo que puede pasar, porque quien quita que durante una de nuestras peleas se me crucen los cables y le pague el viaje en preferente, pero por el momento me voy a contener un poco. «Cuando Beltrán se entere de que este año no has preparado la tarta, no te quiero ni contar la que se va a liar», comentó Popelín conocedor de mi vida. ¡Qué quieres, me ha dado un jamacuco! Y mírale, ha preferido quedarse con su «mamaita» a venir conmigo a urgencias. Que no podía dejarla sola en un día tan importante, me dice el gilipollas, y ¿sí puedes dejar a tu mujer sola en urgencias y sin saber ni lo que le ha pasado, ni cómo está? Porque ni se le ha ocurrido mandarme un wasap para saber de mí.  Si este año quieren tarta que se gaste el dinero y la compre. Es más, me apetece una copa, mejor dicho, necesito una copa, me dije enfadada por un lado con mi marido por no hacerme caso, por otro con mi suegra por ser su cumpleaños y estar siempre en medio y conmigo por ser tan imbécil. De modo que completamente convencida de a lo que iba a dedicar la noche, puse rumbo a “La penúltima”, un pub situado en la zona de la movida, donde conocí a Alma, mi amiga del alma (como suelo llamarla intentando hacer la gracia con el juego de palabras), mientras ahogaba mis penas en alcohol después de mi divorcio con Hugo. “La penúltima” es nuestro lugar de encuentro en los momentos complicados. Iba convencida de que ella, mi amiga, estaría allí. Siempre está allí.

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