El guitarrista
María Salud Corts Tormo

Le gustaba decir que preferiría perder un brazo antes que a su guitarra. Quienes lo frecuentaban le oían esta frase después de cada concierto. Disfrutaba con los halagos de sus admiradores, los merecía, pero evitaba parecer engreído; así que cuando consideraba que ya era suficiente, cerraba el asunto cediéndole todo el mérito a la excelencia de su guitarra. Era un ritual que se repetía con idéntica cadencia, el protagonismo pasaba entonces del intérprete al instrumento y, con leves variaciones, relataba su historia y el por qué era un objeto tan querido. Mi amante, la llamaba.
El día del accidente, perdió brazo y guitarra. Una huelga de taxistas lo abocó al metro, lugar ajeno, inhóspito. Anónimo en la multitud, procuró alejar a su compañera del peligro. En el vagón atiborrado cupo su cuerpo pero no el de su amante. El brazo atrapado en la puerta, el vagón en marcha, todo falló ese día.
Tres pérdidas, tres duelos.
El duelo por la guitarra fue el más fácil; al fin y al cabo, no era más que un ensamblado de madera y cuerdas. Un objeto. Sustituible. Y la verdad, tampoco era su amante.
El duelo por la pérdida del brazo requirió algo más de tiempo y algunas sesiones de terapia. Pasó de intérprete a compositor. La combinación de su genialidad y lo atroz del accidente lo encumbraron de nuevo. Los elogios ahora, más merecidos que nunca, los desviaba con reflexiones sobre los extraños caminos del destino.
El tercer duelo aún no lo ha superado. Lo alimenta más que la pena, el desconcierto. Su tercera pérdida fue el candor: creer que podía elegir entre dos dramas.
Y también está la vergüenza —qué emoción tan poderosa, qué carga—. Jamás nadie se atrevió a volver a mencionar su manida frase.

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