Una pareja hace el amor
Amador Aranda

1.          Habitación 201

La mujer joven recorre desnuda la habitación. Camina pausada y observa con detenimiento su alrededor. Comprueba la dureza del colchón apoyando sus manos sobre este. De su maleta saca un pañuelo rojo y lo coloca sobre la lámpara, iluminado la estancia de un rojo tenue, rojo que le aporta la seguridad extra que necesita. ¿Suena música de Gloria Gaynor?, se pregunta.  Comprueba en una aplicación de su móvil cual es el día más fértil del mes: 23 de abril, hoy. Se tumba en la cama, entrelaza sus manos sobre el pecho y espera a que su marido entre de nuevo en el cuarto. Ella lo mira desnudarse, con mirada pícara, haciéndole saber que hoy es el día. Él se tumba junto a ella. Rozan sus manos, sus brazos, sus pies. Se besan. Primero como un juego en el que son los labios los artífices de la acción y, poco a poco, la lengua entra en escena volviendo apasionado el acto. Las caricias y los besos recorren los cuerpos de ambos y ella recuerda por qué quiere quedarse embarazada: quiere vivir muchas más experiencias junto a su marido y, la de ser padres juntos, será muy importante. Él la mira mientras hacen el amor y siente que podría morir en ese mismo instante. Los dos gimen acompasados, como si por un momento se intercambiaran las mentes y los cuerpos, y ella fuese él y él fuese ella. Gritan de placer y el sonido vuela desde su habitación hasta el resto de las habitaciones del hotel.

2.          Habitación 202

A Ramiro el sonido de la pareja haciendo el amor le da hambre, mucha hambre. Descansa en el hotel antes de ingresar mañana en un seminario. Son las siete de la tarde y aún quedan unas cuantas horas para las diez, su hora de cenar habitual. Enciende la televisión, pero no consigue ocultar los gemidos. ¿Por qué siempre que escucha a alguien hacer el amor le entra hambre? Puede que el hecho de ser virgen tenga mucho que ver con su situación actual de hambruna. Puede que el cuerpo lo que quiera es que coma, pero otra clase de comida. No sabe, no sabe, o no quiere saber. Cada vez tiene más hambre. Su barriga le pide comer, lo que sea. Abre el mini bar y engulle todas las chocolatinas. También los cacahuetes, gominolas, y patatas fritas. Bebe una Coca-Cola. Dos Coca-Colas. Vacía el mini bar en menos de diez minutos, pero sigue teniendo hambre. Escucha a la pareja hacer el amor y el hambre vuelve con más fuerza. Su estómago suena como un volcán en erupción. ¿Y si se masturba?, no puede, no puede, no puede, piensa. Es pecado. Decide poner remedio a su hambre incontrolada: llama al servicio de habitaciones. Pide dos pizzas, una hamburguesa completa y una tarta de queso. Su barriga no aguanta más. Espera que la comida llegue pronto mientras la pareja sigue haciendo el amor. ¿Y si el seminario no es el mejor sitio? Empieza a tener calor, mucho calor, pero sospecha que la comida no va a remediarlo.

3.          Habitación 203

 Carmina espera a que su amante llegue. Se retrasa y eso no es bueno. No es bueno porque él nunca llega tarde. Y ella lo sabe, ¡vaya si lo sabe! Está casado, piensa, y eso no es bueno. Al menos no lo es para ella. Nada bueno, más bien malo, malísimo, pésimo. Carmina deambula por la habitación e intuye, sospecha, sabe, que su amante no va a llegar. Si fuera una mujer débil lloraría, pero Carmina es fuerte y no se permite llorar. Su cuerpo delgado se para y piensa. Piensa que las lágrimas son para gente débil. Ella es fuerte como el metal y no llora. No llora nunca. Se sienta en la cama y enciende la televisión. Es absurdo estar ahí si él no va a venir. Apaga la televisión, se viste con un vestido rojo y se pone sus zapatos de tacón. Se maquilla para ella misma, se perfuma para ella. Llaman a la puerta. El botones trae comida: dos pizzas, una hamburguesa y una tarta de queso. Carmina mira al botones (este es tonto, piensa) y le dice que ella no ha pedido nada. El botones mira la comanda (esta es tonta, piensa) y le dice que sí, habitación 203. Ella le mira con cara de desprecio y le dice que muy bien, que sí, que esa es la habitación, pero que ella no ha pedido nada. Él le dice que, si ella no lo ha pedido, que quién lo ha hecho. Ella le dice que él sabrá, que a ver si va a tener que saber un cliente lo que los demás piden. Él botones empieza a subir la voz y le dice que ahí pone la habitación 203 y que la comida es para ella. Ella le dice que no, y que no piensa pagar por su error. Él sube más la voz. Ella le grita también. Ramiro, el de la 202, aparece en escena y entre los gritos, dice: “La comida es para mí”. Todo es silencio y el mundo se para. El botones y Carmina lo miran. Silencio, un poco incómodo, para qué nos vamos a engañar. Ramiro y Carmina se miran. El botones se va. Carmina y Ramiro se miran otra vez, y otra vez, y el tiempo se alarga como un atardecer de primavera donde sus miradas son soles para el deleite mutuo.

4. Habitación 204

Carlos lleva dos horas intentando dormir a Marquitos. No son gases, porque apenas ha comido, pero tampoco tiene hambre, porque no come, y sin embargo llora, y ¿por qué llora? Pues vete a saber, piensa Carlos. Le vuelve a dar el biberón, pero nada, no hay manera. ¿Dónde se habrá metido Inés? La conferencia ya tendría que haber acabado. Vamos, Marquitos, duérmete ya, que necesito descansar un poco. Y Marquitos, se duerme. Pues no ha sido tan difícil, piensa Carlos. Lo ponen la cuna con cuidado y se aleja. Se tumba en la cama. ¿Qué es ese ruido? Dos personas discuten. Una voz de hombre y otra de mujer. Cada vez hablan más fuerte. Mierda, piensa Carlos. Van a despertar a Marquitos. La discusión empieza a ponerse cada vez más violenta. Las voces entran en la habitación como si hubieran sido invitadas. Y sí, pasa lo que tiene que pasar: Marquitos se despierta. Y llora, llora mucho. Llora como nunca lo ha hecho. Desesperado, como si sus cuerdas vocales fueran irrompibles y el sonido fuera capaz de llegar hasta los oídos de su madre, que vete a saber dónde está. Y los gritos se escuchan en el resto del hotel. Y los golpes en la habitación de los vecinos empiezan a escucharse: Carlos no puede hacer nada y decide darle una vuelta a Marquitos, a ver si para de llorar.

Habitación 304

Jorge y Pedro intentan trabajar en su nuevo proyecto. Son inventores en busca de ideas. Hartos de los ruidos en su estudio, después de una larga meditación, decidieron pasar el fin de semana en un parador donde la tranquilidad suele ser la tónica: estaban equivocados. Los ruidos de los camareros a la hora del desayuno, el personal limpieza con sus grandes carros recorriendo los interminables pasillos, las ruedas de las maletas de los huéspedes que salen, de los huéspedes que entran, los vecinos que hacen el amor, que se pelean, que ponen el televisor, que se duchan cantando, que les suena el teléfono a deshoras, que hablan a voces, los gritos de los niños que no se pueden dormir y los golpes: de muebles, de camas, golpes indescriptibles e interminables que retrasan su trabajo. Si no puedes con el enemigo, únete a él, piensa Jorge mientras golpea con fuerza la pared a derecha y a izquierda. Pedro opta por los saltos desesperados desde la cama, para acallar los ruidos del niño que llora abajo. La habitación es ahora un patio de recreo donde Jorge y Pedro saltan y golpean, golpean y saltan hasta desfogar su frustración. Rendidos, tirados en el suelo de la habitación, Pedro le pregunta a Jorge: ¿Te apetece un gintónic?

Habitación 303

Sonia quiere morir. Lleva muchos meses medicándose, visita al psicólogo que intenta curar su alma, alma que parece que quiere huir de su cuerpo lo antes posible. La idea de quitarse la vida en su casa le horroriza. No quiere que su madre entre a su cuarto y que se encuentre su cuerpo sin vida o que lo haga su padre o su hermano. Pero no se encuentra bien y ha decidido hacerlo. En el hotel sabrán lidiar con el asunto, con discreción, con profesionalidad. Recopila las pastillas que le han sobrado de las cajas en los últimos meses. Hay más de treinta. Las deposita sobre el escritorio, al lado del teléfono y de la libreta que regalan en los hoteles y que nadie usa. Mira las pastillas: en unas horas todo habrá acabado, no hay vuelta atrás. De repente, las pastillas empiezan a moverse, sin sentido, sobre la mesa. La mesa se mueve, también la silla, la lámpara ¿Un terremoto?, piensa Sonia. Las pastillas caen al suelo y se asusta. Se sube en la cama. Comprueba, por las risas de la habitación de al lado, que son sus vecinos los que están haciendo que todo se mueva, saltando sobre la cama y dando golpes en la pared. De repente todo se detiene. ¿Por qué ha tenido miedo de un terremoto si quiere morir? ¿Todavía le importa algo su vida? Sonia se calma y mira sobre la mesa: las pastillas están todas en el suelo. Observa el cuadro que hay frente a ella, un cuadro abstracto que no le gusta mucho y que está pegado a la pared para que nadie lo robe. Del cuadro, escondido detrás, se ha caído un papel. Se intriga y se levanta para comprobar qué es. Es un anuncio de una fiesta. “En la habitación 102 hay una fiesta. Si estás leyendo esto, estás invitado”. Sonia piensa que es una señal y acude a la 102.

Habitación 102

Sonia entra en la fiesta buscando una oportunidad para seguir viviendo. No sabe quién le ha abierto, pero allí todos la reciben con besos, abrazos y alcohol, mucho alcohol. Es una habitación mucho más grande que las demás y todos bailan y beben sin importarles qué hacen los otros. Sonia no sabe que la pareja que baila, muy pegada, son Ramiro y Carmina, el seminarista y su vecina (la que esperaba a su amante, pero que encontró un nuevo amor). Tampoco sabe que la mujer que danza como si tuviera un demonio dentro de su cuerpo es Inés, la madre de Marquitos, a la que la importa un pimiento que su padre esté cuidado al niño en la habitación: ella se merece todo el tiempo del mundo. Y claro está, tampoco sabe que los que dan saltos de un lado para otro de la habitación son sus vecinos, Jorge y Pedro, que han decidido inventar unas botas para saltar integradas en el calzado. Sonia llega hasta el ordenador donde está conectado el equipo de música y busca en Spotify “I will survive”, de Gloria Gaynor. Todos escuchan los primeros compases de la canción, la voz rota de la cantante antes de que la canción arranque, la música que a cada uno transporta a su pasado feliz. Y bailan, todos bailan, porque la vida merece la pena ser bailada. Y Sonia baila, porque la vida merece ser vivida, porque va a vivir, a sobrevivir un rato más.

Habitación 101

Arturo y Gloria han vuelto, después de cincuenta años, al parador donde se casaron. Muchos años en dónde han tenido hijos, han viajado, han hecho el amor millones de veces, han llorado y han reído y han vivido lo mejor que han sabido, siempre con una sonrisa. Y han bailado mucho y siguen haciéndolo. Con trabajo, en la intimidad de su habitación Arturo saca a bailar a Gloria, que encantada acepta su invitación. Bailan una canción que no conocen mucho y que no es de “sus tiempos”, pero qué importa: lo que importa de verdad es celebrar. Los dos se miran a los ojos y sin hablar se dicen que se quieren. Gloria se empieza a encontrar mal, pero no le dice nada a Arturo. Gloria muere entre los brazos de Arturo, que no puede sostenerla y la deja caer suavemente en el suelo. El espíritu de Gloria sale de su cuerpo y empieza a subir por la habitación, sube hasta el techo y lo atraviesa hasta llegar a la habitación 201.

Habitación 201

La pareja sigue haciendo el amor. Ella grita en el orgasmo. Grita más que nunca. El espíritu de Gloria se posa entre el cuerpo del hombre y de la mujer. Y la mujer lo sabe, lo sabe, lo sabe, lo sabe, lo sabe perfectamente. –Estoy embarazada y será una niña, le dice a su marido.


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