Mariquilla
Teresa Flores

La huérfana era de todo menos tonta. La huérfana era pequeñita, menúa y un poquito contrahecha, no era para menos después de la vida que había llevado. Tenía sólo siete años cuando adquirió, por derecho, su primera condición de huérfana, porque fue siendo huérfana a peazos: primero se le murió su madre y se quedó con un padre descabalao que estaba sobrio dos días de cada nueve, de los cuatro hermanos que quedaban vivos de su, en principio, enorme familia, se le fueron yendo por el mundo, unos por encima y otros por abajo, a lo largo de los años.

Huérfana del tó, como ella señalaba, ocurrió una mañana de primavera cuando el padre entre embolao y borracho se fue a meté bajo las ruedas del carro del panadero, ¡yaesmalasuerte! Así que, ella misma en ese momento y, a los catorce años, se declaró oficialmente huérfana huérfana, que tiene como mucho más peso.

En el barrio en que la niña vivía no iban a llegar los civiles, ni las señoritas de la caridá preocupadas por su situación, en aquel barrio por no entrar, no entraban ni los gatos por miedo a acabar en el puchero, por eso Mariquilla la huérfana, se tuvo que buscar la vida como fuera y, a pesar de reunirlo to, el ser pequeñica, feucha, contrahecha y huérfana huérfana, arremetió contra unos y contra otros hasta que consiguió lo que quería, una preciosa gallina parda, hermosa, remolonda, abrigaíta, que por lo menos por estricto compromiso entre ambas le diera un huevo diario.

Mariquilla no era como la del cuento de la lechera, la chiquilla tenía los pies en el suelo y una casucha que levantar, así que cuidaba a su Hermosona como oro en paño. Mientras la niña se comía una papa la gallina daba cuenta de la peladura, eso si cortadita a trocitos regulares, no juera a ser que satragantara,  compartían el pan duro que conseguía ande pillaba y los peacicos de la col que no merecían ni un puchero.

Así las conocían en el barrio, pasito a pasito, la huérfana huérfana y su gallina, siempre juntas, una al lado de la otra, correteando felices, acompañándose, picoteándose con cariño al oído cotilleos y zalamerías, quién mejor que Hermosona iba a comprender lo que es sentirse sola en el mundo.

Con los días y la paciencia, la huérfana, en una esquina de la plaza, colocó un cajón de fruta con un cartel «Ze venden guevos a 1 leuro uno» y un cojín. Sobre el cojín acomodó a su gallinita, para ella una piedra era suficiente, que Mariquilla aunque menúa y contrahecha, tenía bien claro quién era aquí la importante. En una cesta de juncos, recogidos en sus paseos galliniles por los arrabales y tejida por sus manos, cuidadosamente depositados, los huevos, unos huevos que de perfectos eran casi redondos, incluso alguno, hasta de dos yemas. La gente de la ciudad venía a comprar de vez en cuando porque se le atribuían propiedades milagrosas. ¿Qué no es capaz de hacer el amor?


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