{"id":1699,"date":"2021-11-07T14:10:45","date_gmt":"2021-11-07T14:10:45","guid":{"rendered":"https:\/\/escueladescritura.com\/?p=1699"},"modified":"2021-11-07T14:31:14","modified_gmt":"2021-11-07T14:31:14","slug":"el-escaparateisabel-ma-martos-rozas","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/escueladescritura.com\/index.php\/2021\/11\/07\/el-escaparateisabel-ma-martos-rozas\/","title":{"rendered":"El escaparate<br>Isabel M\u00aa Martos Rozas"},"content":{"rendered":"\n<p>Amanecimos delante de una fachada resignada al abandono. La luz temprana de la ma\u00f1ana, indecisa, mortecina y fr\u00eda se empe\u00f1aba en incrustarse m\u00e1s en los huesos que en nuestros ojos sedientos de sue\u00f1o despu\u00e9s de toda la noche en vela. Manuel descans\u00f3 su cadera sobre el relieve del z\u00f3calo mientras miraba de nuevo el reloj. El tiempo no avanzar\u00eda m\u00e1s r\u00e1pido por mucho que lo hiciera, pero el hecho de dirigir la mirada hacia sus agujas y observar su movimiento regular y lento calmaba esa desaz\u00f3n que producen las esperas. Desde el asiento del copiloto del Ibiza rojo que nos hab\u00eda cruzado toda Espa\u00f1a y media Europa, yo lo observ\u00e9: all\u00ed, apoyado contra el fondo gris\u00e1ceo y desconchado del z\u00f3calo; entre el port\u00f3n estrecho y alto pensado para un delgado gigante que tal vez habitara en otros tiempos aquel caser\u00f3n palaciego, y el escaparate que reflejaba en ese momento la luz turbia de una farola.<\/p>\n\n\n\n<p>Me desperec\u00e9 y, sin ganas ya de elucubrar sobre lo que encontrar\u00edamos en aquella extra\u00f1a oficina de recepci\u00f3n de turistas en la que est\u00e1bamos obligados a inscribirnos para que se nos asignara un hotel, mir\u00e9 con indiferencia al principio y con curiosidad, despu\u00e9s, la enorme vidriera enmarcada de lo que parec\u00eda una tienda de ultramarinos.<\/p>\n\n\n\n<p>El marco, con curvas y nervaduras modernistas en su parte superior, debi\u00f3 haber conocido en alg\u00fan momento de su historia una pintura marr\u00f3n rojiza de la que quedaban escasos vestigios. Luc\u00eda un decapado natural ejecutado gratuitamente por el paso del tiempo. Algunos fragmentos de la madera del list\u00f3n del alfeizar tambi\u00e9n parec\u00edan haber emigrado con la pintura sea donde fuere que esta se hubiera marchado. Astillada, y negruzca por la humedad y el polvo, era imposible diferenciarla del poyete de mamposter\u00eda. Sobre todo, en las esquinas, donde se acumulaban la suciedad y algunas colillas retorcidas y amarillentas, madera y piedra desmenuzadas formaban parte de un mismo detritus homog\u00e9neo, de un mismo olor a tabaco mojado y a cerveza oxidada. &nbsp;El resto del marco tambi\u00e9n parec\u00eda haberse decidido por la decadencia.<\/p>\n\n\n\n<p>Era bonita la arquitectura de la ventana, sin embargo. La moldura superior se hab\u00eda adaptado al dintel curvo de piedra ornamentado con una discreta flor de lis en el centro. Hab\u00eda perdido el p\u00e9talo de la izquierda y parec\u00eda haber sido v\u00edctima de un mordisco en su cuerpo principal. Toda la fachada presentaba peque\u00f1as mutilaciones, reliquias de heridas antiguas que le daban el aspecto de una gran dama de esplendor ajado.<\/p>\n\n\n\n<p>El cristal debi\u00f3 ser limpiado por \u00faltima vez mucho tiempo atr\u00e1s en un momento de precariedad o desgana en el que no pudieron o no quisieron procurarse una escalera de mano: los distintos grados de transparencia derivaban hacia lo opaco en la parte superior. All\u00ed se hab\u00eda instalado todo un ecosistema de bichejos, peque\u00f1as ara\u00f1as y hierbecillas que hicieron de los rincones de las nervaduras su hogar.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;El interior del escaparte, como un cielo brumoso, se mostraba mucho m\u00e1s sombr\u00edo en ese extremo. Carec\u00eda de iluminaci\u00f3n. &nbsp;Una delgada barra de acero, de la que colgaba una exigua cortinilla de encaje, polvorienta y deshilachada, cruzaba a media altura la parte posterior del expositor separ\u00e1ndolo del resto del establecimiento. Sin embargo, la negrura del local, cerrado aun a esa hora de la ma\u00f1ana, se extend\u00eda como una niebla perversa por encima de la barra intentando invadir aquel peque\u00f1o espacio dedicado a exhibir la mercanc\u00eda. Las paredes laterales descend\u00edan con un color blancuzco, indefinido, que parec\u00eda espesar el aire del interior. Me imagin\u00e9 intentado romper el cristal para respirar si hubiera estado del otro lado.<\/p>\n\n\n\n<p>Sobre el suelo de cemento gris, en el centro, ni siquiera pr\u00f3ximo a la vidriera, rodeado solo por desconchones y grietas, un queso. S\u00ed, un queso. Solo un queso. Redondo, grande. Olvidado, polvoriento, solitario. Unos tres quilos de arrogancia quesera desolada y caduca. El resto, un espacio vac\u00edo. Me pregunt\u00e9 si ser\u00eda aun comestible, si oler\u00eda a rancio. Me pregunt\u00e9 por qu\u00e9 un queso y por qu\u00e9 solo un queso. La costra, dura, parda, con manchas negruzcas por la curaci\u00f3n; con las l\u00edneas sim\u00e9tricas regulares de un molde, tal vez de madera, tatuadas en la corteza. En la parte superior, una etiqueta de color marr\u00f3n empapada de grasa l\u00e1ctea sobre la que se le\u00eda, en caracteres m\u00e1s claros, probablemente, el nombre del queso. Probablemente, porque aquella aglomeraci\u00f3n de letras sin apenas vocales y coronadas por extra\u00f1os signos diacr\u00edticos era ilegible para m\u00ed. Tan ilegible como todo en aquella ciudad reci\u00e9n liberada del yugo sovi\u00e9tico que tendr\u00eda que aprender a recordarse y a reconocerse a s\u00ed misma: Praga, en 1990, tan hermosa y decadente como aquel escaparate con queso en el que el tiempo parec\u00eda esperar, como nosotros, a que se abrieran las puertas de una oficina obsoleta o de un nuevo destino.<\/p>\n\n\n\n<p>La moldura superior se hab\u00eda adaptado al dintel curvo de piedra ornamentado con una discreta flor de lis en el centro. Mutilada, hab\u00eda perdido el p\u00e9talo de la izquierda y parec\u00eda haber sido v\u00edctima de un mordisco en su cuerpo principal. Toda la fachada luc\u00eda un esplendor ajado reliquia de un tiempo mejor que quien sabe si a\u00f1oraba. El cristal, que tal vez fue limpiado alguna vez en un momento de precariedad en el que nadie tuvo acceso a una escalera de mano, se exhib\u00eda con distintos grados de transparencia que derivaba hacia lo opaco en la parte superior. All\u00ed se hab\u00eda instalado todo un ecosistema de bichejos, peque\u00f1as ara\u00f1as y hierbecillas que hicieron de los rincones de las nervaduras su hogar. A esa altura, el escaparate se mostraba mucho m\u00e1s sombr\u00edo. Carec\u00eda de iluminaci\u00f3n. Una delgada barra de acero, de la que colgaba una exigua cortinilla de encaje, polvorienta y deshilachada, cruzaba a media altura la parte posterior del expositor separ\u00e1ndolo del resto del establecimiento. Sin embargo, la negrura del local, cerrado aun a esa hora de la ma\u00f1ana, se extend\u00eda como una niebla perversa por encima de la barra intentando invadir aquel peque\u00f1o espacio dedicado a exhibir la mercanc\u00eda. Las paredes laterales eran de un color blancuzco, indefinido, que parec\u00eda espesar el aire del interior. Me imagin\u00e9 intentando romper el cristal, para respirar, si hubiera estado del otro lado.<\/p>\n\n\n\n<p>Y sobre el suelo de cemento gris, en el centro, ni siquiera pr\u00f3ximo a la vidriera, rodeado solo por desconchones y grietas, un queso. S\u00ed, un queso. Solo un queso. Redondo, grande, unos tres quilos de queso que presupuse viejo. Olvidado, polvoriento, solitario. El resto, un espacio vac\u00edo. Me pregunt\u00e9 si ser\u00eda aun comestible, si oler\u00eda a rancio. Me pregunt\u00e9 por qu\u00e9 un queso y por qu\u00e9 solo un queso. La costra dura, parda, con manchas negruzcas por la curaci\u00f3n; con las l\u00edneas sim\u00e9tricas regulares de un molde, tal vez de madera, tatuadas en la corteza y, en la parte superior, una etiqueta de color marr\u00f3n empapada de grasa l\u00e1ctea sobre la que se le\u00eda, en un tono m\u00e1s claro, probablemente, el nombre del queso. Probablemente, porque aquella aglomeraci\u00f3n de letras sin apenas vocales y coronadas por extra\u00f1os signos diacr\u00edticos era ilegible para m\u00ed. Tan ilegible como todo en aquella ciudad reci\u00e9n liberada del yugo sovi\u00e9tico que tendr\u00eda que aprender a recordarse y a reconocerse a s\u00ed misma: Praga, en 1990, tan hermosa y decadente como aquel escaparate en el que el tiempo parec\u00eda esperar, como nosotros, a que se abrieran las puertas de una oficina o de un destino.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Amanecimos delante de una fachada resignada al abandono. 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