{"id":1792,"date":"2021-12-25T18:03:09","date_gmt":"2021-12-25T18:03:09","guid":{"rendered":"https:\/\/escueladescritura.com\/?p=1792"},"modified":"2021-12-25T18:03:10","modified_gmt":"2021-12-25T18:03:10","slug":"recuerdos-del-poblado-minero-de-alquifepilar-ramos-pleguezuelos","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/escueladescritura.com\/index.php\/2021\/12\/25\/recuerdos-del-poblado-minero-de-alquifepilar-ramos-pleguezuelos\/","title":{"rendered":"Recuerdos del poblado minero de Alquife<br>Pilar Ramos Pleguezuelos"},"content":{"rendered":"\n<p>En el barrio todo era rojo, las cortezas de los \u00e1rboles, las hojas de los almendros, los edificios\u2026 hasta las rodillas de los ni\u00f1os. Incluso las sabanas limpias percud\u00edan de rojo, un rojo que impregnaba los blancos hilos, ya desde que sal\u00edan aclarados del pilar del lavadero.<\/p>\n\n\n\n<p>Las casas se encalaban en marzo y volv\u00edan a su rojo natural en abril. All\u00ed lo natural era rojo. Era un pueblo rojo, lleno de fuego y polvo rojo. Cuando se estornudaba el moco era rojo y siempre rojo. La sangre seca de las costras en las rodillas de los ni\u00f1os se confund\u00eda a veces con sus churretes. Cuando alguno lloraba, dos surcos blanquecinos asomaban en las rojizas caras. La escuela era roja, completamente colorada, y a diario, hab\u00eda que quitar el polvo rojo de las ventanas y las pizarras.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;En las tardes el cami\u00f3n de riego pasaba por la barriada enrojeciendo m\u00e1s a\u00fan el suelo, que reluc\u00eda mojado y formaba charcos carmes\u00eds. Las camisas eran rojas siempre, no hac\u00eda falta m\u00e1s que descolgarlas del alambre. Rojo y algo de blanco con escaso verde, eran los colores del barrio. Los mineros al salir del turno eran rojos, todos iguales, solo cuando se te\u00f1\u00eda de rojo el agua de las tinas, antes de la cena, sus caras ten\u00edan rostro de persona. Al salir en tropel, daba lo mismo qui\u00e9n fuera qui\u00e9n. El porte al caminar y la voz inconfundible pon\u00edan nombre a cada criatura. En la distancia, parec\u00edan una santa compa\u00f1a caminando como una \u00fanica sombra roja reci\u00e9n salida de las entra\u00f1as de la tierra.<\/p>\n\n\n\n<p>Aquellos hombres ten\u00edan roja el alma, tan roja como la capa de santa B\u00e1rbara en su capilla, como aquella sangre de la camisa del compa\u00f1ero, del himno minero que cantaban emocionados. La emoci\u00f3n roja y candente no era menos abrasadora que el fuego de san Ant\u00f3n y las brasas sobre los que asaban los chorizos picantes. Una emoci\u00f3n que resaltaba con el brillo de la luna roja.<\/p>\n\n\n\n<p>All\u00ed se jugaba al rojo, la tiza era blanca sobre rojo, rojas las butacas del cine de invierno y roja la pantalla del cine de verano. En junio alguien pasaba con la m\u00e1quina y se compraba cal para las casas y se encalaba, repitiendo el ritual, pero los tejados segu\u00edan rojos y, en solo unos d\u00edas, deslizaban lentamente su tono sobre las l\u00edneas verticales de las casas, de nuevo rojas. Todo volv\u00eda a su color natural.<\/p>\n\n\n\n<p>La tierra envolv\u00eda con su manto rojo a los hombres y los hombres se hund\u00edan en el fuego rojo de sus entra\u00f1as. Eran apasionados, emotivos, llorones incluso. Eran hombres rojos, el fuego les abrasaba y solo las l\u00e1grimas les daban alivio.<\/p>\n\n\n\n<p>La Tierra all\u00ed es profundamente roja, como una herida sangrante, ni marr\u00f3n ni azul, ni blanca, como se ve desde el espacio, all\u00ed la Tierra es roja. Roja como el recuerdo apasionado de un beso en la roja butaca del cine. Como los pimientos del cantero, jugosos, tersos, alguno picante, pero suave, como el terciopelo rojo. Con rojo fuego se asaban en septiembre sobre los fogones de lata entre rojas ascuas. Algunos se ensartaban, uno a uno, para lucir como collares en los balcones. En noviembre reluc\u00edan brillantes al sol rojo de mediod\u00eda. En un rojo distinto, jugoso y espejado, acartonado y brillante que no abrasaba tanto.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>El rojo de las sand\u00edas de verano y del tomate de cantero, rojos acuosos y refrescantes, opuestos a la sequedad roja completa del viento de mi pueblo, al fuego del medio d\u00eda estival en el desierto.&nbsp; Las cerezas de julio perd\u00edan tonalidad embalsamadas en el licor, mientras tornaban en guindas navide\u00f1as.<\/p>\n\n\n\n<p>Las moras rojas del barranco con su jugo rojo y acuoso, explosivo, salpicaban el camino de los casta\u00f1os.&nbsp; M\u00e1s tarde ser\u00edan las granadas al explosionar en el \u00e1rbol las que alimentar\u00edan el averno a la espera de que solo el manto de la nieve devolviera y uniformara aquel peque\u00f1o lugar con el resto del Marquesado. Pero el color persist\u00eda en las faldas de las pastoras del portal de Bel\u00e9n y las bolas rojas del abeto de la plaza, junto a la iglesia. Al derretirse el invierno, todo volv\u00eda al rojizo tedio, espeso y duro, del polvo del hierro inhalado y exhalado en jadeantes jornadas. Las flores de los almendros en primavera contrastaban especialmente all\u00ed, como en una estampa oriental. Las fresas rojas de arriate, en abril, resaltaban sobre el rojizo terru\u00f1o y disipadas entre las mullidas hojas, acolchadas y almohadilladas, pintaban un rojo distinto.&nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>El sol rojizo se hab\u00eda instalado a vivir, en forma de mineral, en aquella inmensa oquedad artificial taladrada en la corteza terrestre, y lentamente se entregaba a las almas que viv\u00edan en aquel lugar. Hoy pueblo fantasma y apocal\u00edptico en la misma medida. Solo las puestas de sol de oto\u00f1o son comparables a respirar el sol pulverizado en la ganga que todo lo cubr\u00eda y lo envolv\u00eda, como el rojo celof\u00e1n de los paquetes de San Valent\u00edn.<\/p>\n\n\n\n<p>Viv\u00ed en un barrio rojo por fuera y rojo por dentro.<\/p>\n\n\n\n<p>Hoy, desde otro barrio bien distinto, lo comparo con el rojo de la Alhambra. La colina Roja. El rojo de las baldosas de barro. El rojo de la cer\u00e1mica de la fuente. El rojo de la falda de baile. El rojo de los labios de Andrea. El rojo de los labios de Jaime. El rojo del vestido oriental. El rojo del tejado y la teja. Con la tinta roja, la fresa, la cereza, la sand\u00eda, con el color de mis sue\u00f1os de verano. &nbsp;Existen pueblos rojos, de un rojo como el de mis d\u00edas rojos, de furia y rabia. Rojos de fuego y de frenes\u00ed. Rojos de oto\u00f1o, como las hojas de abedul. La hoja roja es la que permanece en el \u00e1rbol el tiempo suficiente, sin que el viento refrescante la arranque en su amarillear, y tiene tiempo de enrojecer en la rama, antes de precipitarse oscura al vac\u00edo. El rojo camina solo por mitad de la plaza. Lo s\u00e9 porque, aunque parezca hoy muy lejano, viv\u00ed en un pueblo rojo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En el barrio todo era rojo, las cortezas de los \u00e1rboles, las hojas de los almendros, los edificios\u2026 hasta las rodillas de los ni\u00f1os. 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