{"id":1925,"date":"2022-07-18T17:59:27","date_gmt":"2022-07-18T17:59:27","guid":{"rendered":"https:\/\/escueladescritura.com\/?p=1925"},"modified":"2022-07-18T17:59:29","modified_gmt":"2022-07-18T17:59:29","slug":"pandorabarbara-munumer","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/escueladescritura.com\/index.php\/2022\/07\/18\/pandorabarbara-munumer\/","title":{"rendered":"Pandora<br>B\u00e1rbara Mu\u00f1umer"},"content":{"rendered":"\n<p>Fue una noche de diciembre cuando te encontr\u00e9. Al bajar aquellas escaleras mugrientas y atravesar las Puertas del Infierno, la oscuridad me nubl\u00f3 los sentidos moment\u00e1neamente. Quieta, muy quieta, sent\u00ed c\u00f3mo un hedor intenso, palpable y viscoso se pegaba a mi piel.<\/p>\n\n\n\n<p>Me fui acostumbrando a la tenue luz rojiza. Del techo ca\u00edan cadenas que serpenteaban alrededor de las extremidades mutiladas de mu\u00f1ecas sacadas del averno de Hans Bellmer. De pronto, luces estrobosc\u00f3picas laceraron mi vista. A mi izquierda se dispon\u00eda una barra en la que tres ninfas vestidas de l\u00e1tex negro serv\u00edan sus c\u00e1lices a los s\u00e1tiros que las requer\u00edan. En el centro, criaturas del fango se contorsionaban al ritmo de un ruido chirriante. Observ\u00e9 sus cuerpos cubiertos de escamas pegajosas. Saltaban, gritaban, chillaban, gru\u00f1\u00edan\u2026 \u00bfAcaso eran conscientes de sus movimientos? Cuando una de aquellas criaturas roz\u00f3 mi brazo izquierdo, se me eriz\u00f3 la piel y una arcada me subi\u00f3 por la garganta. Aquel ser, entonces, gir\u00f3 las ascuas de su rostro hacia m\u00ed y me sonri\u00f3 con una mueca torcida de la que asom\u00f3 una lengua b\u00edfida.<\/p>\n\n\n\n<p>Quise apartarme de aquello y me dirig\u00ed a la barra. No hab\u00eda reparado en ti hasta entonces. \u00bfAcaso eras un fruto surgido de la Nada? Un lirio blanco decoraba esa cascada azabache que te bajaba hasta la cintura. Y tus ojos, tus ojos eran un par de cruces negras clavadas en los m\u00edos. Pandora, pens\u00e9 al instante. S\u00ed, te bautic\u00e9 justo en el momento en que te vi por primera vez, pues nunca quise saber tu nombre, aunque te quedar\u00edas grabada a fuego en mi piel. Parec\u00edas t\u00edmida. Eso me incendi\u00f3. En silencio, te cog\u00ed de la mano, tan fr\u00eda como el hielo, y nos escurrimos hasta una zona a\u00fan m\u00e1s profunda. Observ\u00e9 tus caderas moverse suavemente al andar. Bajamos unas escaleras y abr\u00ed una puerta negra de hierro. Al traspasarla, las hojas de una palmera acariciaron mi rostro. Nos hab\u00edamos introducido en la Selva Oscura. &nbsp;<\/p>\n\n\n\n<p>All\u00ed inspir\u00e9 un aroma exquisito, \u00bfrecuerdas que te lo coment\u00e9, Pandora? Ol\u00eda a almizcle hasta tal punto que se pod\u00eda paladear. Las plantas eran de colores infinitos. Algunas de ellas semejaban girasoles fosforescentes. \u00bfTal vez encaminaban a lo divino? Otras eran tan altas como \u00e1rboles frutales, colmadas de flores que se abr\u00edan igual que las colas de los pavos reales, mostrando todos los colores del arco iris, e, incluso, algunos que yo nunca hab\u00eda visto y no puedo describir con este lenguaje pobre del que dispone el humano. Una de ellas, junto a mis pies, se parec\u00eda a tus labios carnosos. Los troncos de las palmeras eran transparentes, de cristal bermejo iluminado por dentro. Todas ellas eran plantas nocturnas que, entrelazadas, reflejaban aquellos fulgores iridiscentes que lo ba\u00f1aban todo. Atravesamos una cortina de miles de campanillas estrelladas como cascadas de oro, hasta llegar a un lugar colmado de \u00e1rboles frutales y rodeado por un peque\u00f1o riachuelo escondido cual serpiente dormida entre la maleza.<\/p>\n\n\n\n<p>Mir\u00e9 hacia arriba. En aquel paraje frondoso no pod\u00eda ver ni el cielo ni las estrellas. Pero, \u00bfqu\u00e9 importaba? \u00bfNo hab\u00eda tambi\u00e9n en la oscuridad de la selva maravillosas constelaciones de flores brillantes? Y estas s\u00ed se pod\u00edan tocar, oler y probar.&nbsp; Estaba dentro de tu jard\u00edn de Hesp\u00e9rides, Pandora. Recuerdo que te sentaste a mi lado, bajo el negro manzano del centro. Entonces, habiendo apoyado tu cabeza entre mis piernas, me dijiste que ten\u00edas sed, \u00bfte acuerdas? Tambi\u00e9n yo sent\u00eda lo mismo. Sed, mucha sed. As\u00ed, nos acercamos al murmullo del riachuelo. Observ\u00e9 las pompas que se formaban en torno a la superficie, y pens\u00e9 en la transitoriedad que existe entre el agua y el aire. El viento hace bailar el agua y juega con esas burbujas, que nada saben del sufrimiento. Justamente, esa fragilidad las protege, pues no conocen del mundo nada m\u00e1s que su perfecci\u00f3n transparente. Y, despu\u00e9s, la ausencia repentina, sin herida. Eso ocurre porque las burbujas no tienen memoria. No se les puede exigir nada. Se borran como si nunca hubieran existido y despu\u00e9s volver\u00e1n en un continuo eterno retorno\u2026<\/p>\n\n\n\n<p>Pandora, me sacaste de mis reflexiones d\u00e1ndome de beber con tus manos. Sin embargo, la sed no se calmaba, pues, por alguna raz\u00f3n, sent\u00edamos mucha m\u00e1s cuanto m\u00e1s beb\u00edamos. Miramos a nuestro alrededor: los frutos brotaban por doquier: granadas, higos, papayas, uvas, fresas\u2026 En el centro, el gran manzano desped\u00eda un perfume embriagante. A sus pies se retorc\u00eda un rosal espinoso. Extasiadas por aquel aroma nos miramos y me sonre\u00edste mientras mojabas tus manos en el riachuelo. Observ\u00e9 el agua con m\u00e1s detenimiento y vi que de \u00e9l manaba la vida: hab\u00eda moluscos en el fondo y peque\u00f1os lagartos con algunos sapos que se arrastraban por el fango. Un par de ranas se apareaban bajo la hoja de una palmera. Entonces, te levantaste y vi c\u00f3mo dudabas qu\u00e9 fruta escoger. Te vi acercarte a la palmera, oler las granadas, acariciaste los racimos de uvas\u2026 Al fin, fuiste hacia el manzano y arrancaste varias manzanas rojas que posaste sobre tu falda, levant\u00e1ndola levemente y mostrando tu piel nacarada. Observ\u00e9 a tus pies una manzana podrida en el suelo, casi ya sepultada por la maleza, que pisaste sin darte cuenta cuando viniste hacia m\u00ed.<\/p>\n\n\n\n<p>Volv\u00ed a encontrarme con tu mirada. Tu sonrisa se pronunci\u00f3 m\u00e1s. No s\u00e9 por qu\u00e9, pero ah\u00ed sent\u00ed una sensaci\u00f3n de v\u00e9rtigo. Te acercaste a m\u00ed poco a poco. Ahora pod\u00eda olerte. Tambi\u00e9n t\u00fa desped\u00edas el mismo aroma que aquel manzano. Exactamente el mismo. Te quit\u00e9 aquel lirio inmaculado del pelo y lo arroj\u00e9 al fango del riachuelo, en el que se hundi\u00f3 sin dejar rastro. Me ofreciste aquella fruta. La cog\u00ed. Su textura era muy suave, su aroma, potentemente seductor: fragante, terso y meloso. No hubiera podido decir si hab\u00eda pasado mucho tiempo o poco, debido al hechizo de aquel perfume. Acerqu\u00e9 mis labios a su piel y la mord\u00ed. A bocados, a mordiscos y, despu\u00e9s, a dentelladas. Un estremecimiento recorri\u00f3 tu cuerpo cuando lo saboreaste. De la carne del fruto manaban lacerantes gotas rojas que se fund\u00edan con nuestras bocas. Yo acerqu\u00e9 mi nariz a su abertura, pent\u00e1gono enmarcado por cinco puntas, e introduje mi dedo coraz\u00f3n izquierdo. Perd\u00ed la noci\u00f3n del tiempo y tambi\u00e9n t\u00fa, Pandora, te desbocaste junto a m\u00ed. Ese fruto ten\u00eda un gusto doble: cada bocado que tragaba era una dulce aguja que me ara\u00f1aba por dentro las entra\u00f1as. Cuando terminamos, sent\u00ed el aire tan pesado como planchas de hierro. Te observ\u00e9, exhausta sobre el fango del riachuelo. Tus labios estaban manchados con la sangre de la manzana. Me sonre\u00edste. Te bes\u00e9 para conservar el \u00faltimo sabor del fruto amargo del Para\u00edso. Como si nunca hubieras existido, te dej\u00e9 all\u00ed dormida, mientras yo <em>sub\u00eda<\/em> de nuevo al Infierno.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Fue una noche de diciembre cuando te encontr\u00e9. Al bajar aquellas escaleras mugrientas y atravesar las Puertas del Infierno, la oscuridad me nubl\u00f3 los sentidos moment\u00e1neamente. 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